<Repique telefónico>
-Hola
-Hola,
Yudith?
-Si
ella habla, ¿quién es?
-Es
Gaspar, ¿como estas?
-Bien,
¿y tú? Hace mucho que no sabía nada de ti, donde te has metido.
-Bien,
pues, recuerda que me fui a vivir a libertad de barinas después de la muerte de
mi abuela, hace poco me gradué de bachiller, y pues estoy acá en barinas, ¿te
encuentras en casa? Me gustaría que hablemos.
-Si,
se quieres ven, te espero.
<Final de la llamada>
Lagrimas frías viajan por mis mejillas, mientras me doy
cuenta de que no estoy solo, de que si hay alguien a quien le importo, y que de
la misma manera que le importo a ella debo importarle alguien mas, simplemente,
mientras pasamos por un mal momento, creemos que todas las personas son
iguales, y nos cerramos pensando cosas tan idiotas como esas.
Mientras escondía las
maletas en unos arbustos de la plaza, intentaba recordar la dirección de la
casa, hace mucho
tiempo que no iba a verla. Me dirigí a la parada de buses, y había una persona que se me quedo viendo aparentemente
asombrado, lo ignore
por un momento hasta que subí al bus y
el también subió, lo más raro fue que habiendo asientos
libres en el bus, se sentó a mi lado. Fue incomodo todo el trayecto de la ruta
incluso cuando me baje, se bajo en la misma parada que yo, cuando me di la
vuelta, cuando me separé mas o menos 15 metros del bus, oí mi nombre, voltee a
para ver quién era y justo como lo imaginé, era el mismo chico, 1,60 metros de
estatura, piel canela, cabello liso y negro como el azabache. Cuando llegó a
donde yo estaba, después de correr, me reconoció al verme, pero que no sabía cómo
empezar una conversación después de 11 años. Fue cuando caí en cuenta, que era
Gabriel, un compañero de clases de la primaria, charlamos por 15 minutos, y continúe
mi camino.
Una cuadra antes de llegar a casa de Yudith, me detuve a pensar nuevamente sobre el hecho de que siempre, siempre, hay alguien que te hace sentir querido justo cuando crees estar solo en este mundo.

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